madroños en un bonsai


madroños en un bonsai

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Colchicum autumnale (cólquico, azafrán, mataperros, narciso de otoño o quitameriendas)


Colchicum autumnale (cólquico, azafrán, mataperros, narciso de otoño o quitameriendas)

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las llanuras y las mesetas, que son solitarias estepas, limitadas solamente por el horizonte, silenciosas, sin árboles


Las dos Castillas son las más extensas provincias de España y tienen algunas de sus ciudades más antiguas e interesantes. Las montañas son muy pintorescas y abundan en curiosidades botánicas y geológicas, y sus valles, semejantes a los de Suiza, están regados por arroyos trucheros; presentan un perfecto contraste con las parameras, tierras de campo y secanos, las llanuras y las mesetas, que son solitarias estepas, limitadas solamente por el horizonte, silenciosas, sin árboles ni canciones y sin setos, vallados o mojones, y que parecen no pertenecer a nadie ni ser dignas de ser poseídas por nadie; y, sin embargo, los cultivadores que nacen y mueren en estos lugares los conocen pulgada a pulgada, y miran con la rápida ojeada del propietario interesado a cualquiera que cruce unos límites para él invisibles; pero el ojo del forastero trata en vano de medir la extensión, y la mente se entrega a la desesperanza ante un espectáculo en que todo el entorno, a lo largo y a lo ancho es de una aridez sin límite. Los castellanos sienten especial antipatía hacia los árboles y, como los orientales, raras veces los plantan, excepto los frutales o los que dan sombra a sus alamedas. El lucro inmediato es su patrón utilitario de conducta; plantar para sacar madera es cosa de previsión y de pensar en gente futura y se basa en una confianza en las instituciones que garantizará beneficios en un tiempo aún por venir. Richard Ford

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las llanuras y las mesetas, que son solitarias estepas, limitadas solamente por el horizonte, silenciosas, sin árboles


Las dos Castillas son las más extensas provincias de España y tienen algunas de sus ciudades más antiguas e interesantes. Las montañas son muy pintorescas y abundan en curiosidades botánicas y geológicas, y sus valles, semejantes a los de Suiza, están regados por arroyos trucheros; presentan un perfecto contraste con las parameras, tierras de campo y secanos, las llanuras y las mesetas, que son solitarias estepas, limitadas solamente por el horizonte, silenciosas, sin árboles ni canciones y sin setos, vallados o mojones, y que parecen no pertenecer a nadie ni ser dignas de ser poseídas por nadie; y, sin embargo, los cultivadores que nacen y mueren en estos lugares los conocen pulgada a pulgada, y miran con la rápida ojeada del propietario interesado a cualquiera que cruce unos límites para él invisibles; pero el ojo del forastero trata en vano de medir la extensión, y la mente se entrega a la desesperanza ante un espectáculo en que todo el entorno, a lo largo y a lo ancho es de una aridez sin límite. Los castellanos sienten especial antipatía hacia los árboles y, como los orientales, raras veces los plantan, excepto los frutales o los que dan sombra a sus alamedas. El lucro inmediato es su patrón utilitario de conducta; plantar para sacar madera es cosa de previsión y de pensar en gente futura y se basa en una confianza en las instituciones que garantizará beneficios en un tiempo aún por venir. Richard Ford

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